Javier Villafañe: Indómito peregrino de la vida

 

Javier Villafañe con el Maese Trotamundos, su primer títere, creado en 1933, su fiel compañero de toda la vida, en una fotografía del año 1984. 

Hay historias que merecen ser contadas. Esta sin duda va más allá de los merecimientos. Es mi obligación difundirla. Porque una vida tan plena, tan rica en vivencias, tan libremente dispuesta como la de Javier Villafañe, es un oda a la libertad.

Aquellos dos jóvenes escritores, Juan Pedro Ramos y Javier Villafañe, decidieron emprender un viaje sin rumbo fijo por los caminos de la Argentina. Compraron una carreta a la que bautizaron “La Andariega”, fabricaron los títeres y escribieron  las obras.

Juan Pedro Ramos y Javier Villafañe posan con sus títeres antes de la primera función pública en el barrio de Belgrano en octubre de 1935

Ochenta años atrás, aquel martes 22 de octubre de 1935, hicieron su primera función de títeres, en un terreno baldío, donde estaba estacionado su carro, ubicado entre Sucre y Juramento en el barrio de Belgrano. El pequeño teatro de títeres estaba montado sobre la parte trasera de la carreta. Cuatro Faroles coloniales de querosén colgados de las ramas de los árboles iluminaron la función. “Fausto”, “El Fantasma”, “La guardia del General”, “A mucho amor, pocos padres” y “El buen juez y la sobrina”, fueron las obras representadas, de acuerdo a una extensa nota que publicó LA NACIÓN en sus páginas principales y que aquí pueden leer si es de su agrado.

 

Luego vinieron intensos años de aventuras. Aquél inquieto muchacho fue descubriendo, a medida que recorría el interior de nuestro país, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Chile y Brasil, cuál iba a ser su verdadero oficio: escuchar, recopilar, difundir y publicar. No se privó de ningún medio de transporte para cumplir con su misión. Además de la carreta, utilizó un carro de dos ruedas, una canoa, barcos de carga, camiones y hasta casas rodantes.

Qué mejor que leer de sus palabras para saber de su historia y corroborar su profundo humanismo itinerante.

 “Lo primero fue ese impulso de andar sin pensar más que en vagar. Después se nos ocurrió hacer títeres, los títeres ponen en contacto con la gente”.

 “Viajábamos lentamente, sin prisa, sin itinerarios. Nos deteníamos a la orilla del camino, allí donde nos atajaba la noche”.

 “Ese hueco entre dos árboles, en plena selva, fue el mejor escenario que tuve hasta ahora”.

 “No me llamen titiritero, diganme observador. Mirando y escuchando es como se puede vivir bien. Hay que escuchar al otro y darle lo que necesita”.

 “Las comillas están de más. Son las Cárceles de las palabras”

 “Las pocas obras de títeres que yo tengo se fueron haciendo a partir de una creación colectiva con la participación del público”.

 “Siempre me preguntan cuándo escriben o dibujan mejor los chicos, y yo creo que es cuando no tienen hambre”.

 “Con la televisión han tratado de matar al chico que llevamos dentro, pero no pueden, y no lo van a lograr mientras quede un resto de imaginación”.

 “Una vez escribí un reportaje a Maese Trotamundos (Su títere de cabecera) donde él se quejaba de todo. Me respondía que el titiritero no conoce la voz de ninguno de los personajes que cree manejar. Que si un títere quiere suicidarse no puede porque todo es de cartón o lata”.

 “Yo, como soy un vagabundo, creo que los títeres deben estar en la calle, que es el mejor decorado para ellos”.

 Andando descubrí que todos tienen algo que contar, que sólo es cuestión de saber escuchar”.

 “A veces, de tanto soñar con algo uno termina con encontrárselo en la vida”.

 Javier Villafañe en su departamento del barrio de Almagro durante una entrevista que le concedió a LA NACIÓN el 3 de noviembre de 1989

Estuvo viviendo casi 20 años en Venezuela, país que lo cobijó cuando debió exiliarse en 1966. Allí trabajó para la Universidad de Los Andes, en Mérida.  Publicó varios libros de cuentos. Eran recopilaciones de cuentos que la gente le había contado.

 Sus cuentos y poemas fueron publicados, entre otros,  en el Suplemento Literario de LA NACIÓN en la década del 50. Fue amigo del “Poroto” Botana y de José Pedro Correch, periodistas del diario LA NACIÓN. Este último fue quien lo acercó al mundo de los títeres.

 En 1975 fue a la mancha a recorrer el camino de Don Quijote en un carro del siglo XVII, tirado por una mula. Allí también recopiló los cuentos de los niños del lugar que se plasmaron en dos libros: “Los cuentos que me contaron por el camino del Quijote” y “Maese trotamundos por el Camino del Quijote”.

 En 1984 regresó al barrio de Almagro, en la Argentina, su lugar de origen, luego de recorrer casi todo el mundo. Había nacido en una vieja casona del lugar en 1909. Sus últimos años los pasó en un departamento de su querido barrio rodeado de sus afectos y amigos. Falleció el 1 de abril de 1996 a los 86 años.

Las fotografías aquí expuestas pertenecen al ARCHIVO del DIARIO LA NACIÓN

Fotografías de Daniel Merle y Oscar Piñeiro de LA NACIÓN