El primer gran engaño del ajedrez: El turco mentiroso

 

 

Réplica de El Turco; en la Universidad Autónoma de México (UNAM) en el bicentenario de la entidad en 2010.

Hace exactamente doscientos ochenta y tres años, el 23 de enero de 1734, en Bratislava -por entonces perteneciente al Reino de Hungría- en el seno de una familia noble y católica, fruto del amor de Anna Rossina (la mamá) y Engelberto (papá y Consejero de la Cámara Imperial) nació, Wolfgwang von Kempelen. Un joven que con el paso del tiempo fue escritor e inventor, pero que en el mundo del ajedrez fue conocido como el autor del primer gran fraude: El Turco mentiroso.

 

Esta es una historia de la Era Moderna (1453-1779), en tiempos de la Revolución Industrial, cuando la relación hombre-máquina comenzaba su alineamiento. Tiempos en los que la gente creía que las máquinas ofrecían posibilidades ilimitadas, incluso,  jugar y ganar al ajedrez.

El baron Wolfgang von Kempelen

Acaso, sin imaginarlo, en 1768, a los 34 años, una jugada le modificó el destino al joven húngaro. Una tarde de invierno fue invitado a la Corte de la Emperatriz María Teresa I de Austria para presenciar un acto de magia. La función fue un éxito, y el público y la Emperatriz quedaron impactados con aquella función ilusionista. Pero curiosamente, cuando la primera y única mujer que gobernó sobre los dominios Habsburgo (Casa Real de Europa), le consultó a Kempelen sobre sus sensaciones, el joven respondió: “no me pareció tan espectacular; yo podría hacer algo mucho mejor”.

Así fue como, que en 1769, el joven inventor presentó en el Palacio su creación: El primer autómata capaz de jugar una partida de ajedrez.

réplica de El Turco, la creación de von Kempelen

 

 

 

En apariencia se trataba de una cabina de madera (1,20mts x60cm x90cm) que contenía la figura de un maniquí disfrazado que llevaba por atuendos, túnica y turbante. El mueble contenía tres puertas y una serie de engranajes ponían en funcionamiento la máquina. A simple vista no se advertía el doble fondo que contenía esa especie de caja de madera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ese ingenio, bautizado ante la prensa y el público que asistió esa noche al Palacio de María Teresa de Austria, como El Turco, en realidad se trataba de una ilusión mecánica, que ocultaba a un hombre (de baja estatura y con fuerza de juego para el ajedrez) sentado sobre un asiento deslizable que mientras Kempelen abría de a una las puertas del ingenió, el ajedrecista se trasladaba de una a otro compartimento sin ser visto por los espectadores. Un sistema de imanes le permitían identificar desde el interior de la cabina qué piezas había sido desplazada sobre el tablero (ubicado a la altura de la cabeza del jugador oculto) y por medio de un sistema de palancas, el pequeño ajedrecista conseguía movilizar el brazo izquierdo del maniquí para que éste efectuara el movimiento sobre la mesa. La escena despertaba intrigas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Conde Ludwing Van Cobenz fue la primera víctima del engaño. En menos de media hora, El Turco logró darle jaque mate.

 

 

 

 

Kempelen quiso dar por terminada su actuación y mandó a desmantelar a El Turco; creyó que con lo realizado había sido suficiente para sorprender a la Emperatriz. Sin embargo fue José II –Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico- el que ordenó que reconstruyera al autómata ya que sería utilizado en el homenaje de bienvenida al Duque Pablo de Rusia.

En aquella noche de gala, El Turco mentiroso jugó su segunda partida, ésta vez ante El Emperador José II en ayuda con el Duque de Rusia y otra vez la máquina salió victoriosa.

Fue que, partir de entonces, El Turco se volvió en un objeto de entretenimiento popular. Tal fue la cantidad de invitaciones recibidas, que el barón Wolfgwang von Kempelen dispuso de una agenda de visitas a Francia, Inglaterra y Alemania. El autómata brindó exhibiciones y derrotó a Catalina II de Rusia, Federico II El Grande e incluso ante Benjamín Franklin. Según algunos autores el único que logró vencer a El Turco fue el ajedrecista francés Philidor, por entonces, reconocido como el mejor del mundo.

Esta historia pudo tener su final en 1804, cuando en la ciudad de Alsergrund (Viena) murió Kempelen. Y su hijo, se hizo cargo del autómata con el fin de que no fuera descubierto en el engaño de su padre. Pero el mecánico e inventor alemán, Johann Mazel consiguió persuadir al joven y le compró El Turco. Además, redobló la apuesta del engaño, no sólo la máquina era capaz “de decir” la palabra Jaque, sino que su nueva víctima sobre el tablero fue el General Napoleón Bonaparte. Durante la campaña de la batalla de Wagran, Napoleón disputó cerca de cuatro juegos con El Turco (sólo hay registro de uno) y la máquina ganó todas las partidas.

Aquí la partida.

 

Eugene de Beaharnais, Príncipe de Venecia y Virrey de Italia, no soportó su ansiedad por descifrar el misterio y pagó el triple de lo que había abonado Mazel para quedarse con el ingenio. Una vez descubierto el secreto, no dudó en devolvérselo a su antiguo dueño (el alemán Mazel) que había caído en una crisis financiera.

Con El Turco mentiroso otra vez en su poder, Mazel organizó una gira por América, donde había enormes comentarios sobre el autómata. El error fue que casi sin dinero para el viaje, Mazel no invitó a ningún ajedrecista para que operara a la máquina  y ubicó a su joven y delgada esposa en el interior de la máquina.

El engaño pudo haber finalizado ahí mismo, dado que El Turco perdió la mayoría de sus partidas (su debut fue en el hotel Nacional de Nueva York, el 13 de abril de 1826), pero Mazel ni bien reunió algo de dinero invitó al ajedrecista francés William Schlumberger para que viniera en su rescate y así continuar la gira por otros puntos de Estados Unidos y con rumbo a Cuba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta vez, la fatalidad puso fin al engaño; primero fue Schlumberg el que murió a causa de fiebre amarilla en la isla caribeña y más tarde, el propio Mazel, por la misma enfermedad, durante su regreso en barco a Estados Unidos.

Placa de recordación al alemán Mazel

 

 

 

Así fue como la creación, El Turco, llegó a manos del Dr. John Mitchell (fundador de un Club de ajedrez en Nueva York) que compró el ingenio y reveló su secreto sólo ante los socios de su club. Luego, donó la máquina para su exhibición en el Museo Peal de Baltimore. Allí permaneció hasta la noche del 5 de julio de 1854, cuando un incendio intencional destruyó el edificio y con él, al primer autómata que “jugaba” al ajedrez.

El museo en el que se conservó el primer autómata de ajedrez, El Turco hasta su incendio en 1854

 

 

 

Tres años más tarde, el hijo de Mitchell se presentó ante la editorial de la revista especializada Chess Monthly y de manera detallada reveló el secreto de El Turco. No sólo del mecanismo con el que se engañó al público sino revelando algunos de los nombres de los 15 jugadores que operaron la máquina desde su interior, entre ellos, J. Allgaier, Boncourt, Lewis, J. Mouret y W. Schlumberger.

 

 

 

Recién, en 1912, Leonardo Torres Quevedo presentó la primera computadora analógica, que sin trampas ni engaños fue capaz de ensayar el método de jaque mate con Rey y Torre frente a Rey. Y, medio siglo después, Alan Turing y Claude Shannon, los llamados Padres de la Informática, presentaron los primeros bosquejos sobre el funcionamiento de los programas de ajedrez. Todavía faltaba otro medio siglo, para que una computadora derrotara al campeón mundial de ajedrez. Pero esa será otra historia.